lunes, 1 de abril de 2013

Reseña crítica de "Hacia un nuevo paradigma: El hipertexto como faceta sociocultural de la tecnología"



PUJ
PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA
FACULTAD DE COMUNICACIÓN Y LENGUAJE
COMPETENCIAS INFORMACIONALES
Usos de la Información
Presentado por: Carolina Correa Daza
Tipo de trabajo

Reseña crítica de "Hacia un nuevo paradigma: El hipertexto como faceta sociocultural de la tecnología"

Día
02
Mes
04
Año
13
Docente
Profesor: Sebastián Cobos
CALIFICACIÓN



El texto de José Luis Gómez-Martínez elige el concepto de hipertexto para reflexionar sobre la radical transformación epistemológica que la técnica ha efectuado sobre el texto. La lectura, como el acto de decodificación cumplido por un lector modelo, sufre una alteración profunda con la revolución (aparente) que imponen unos nuevos soportes físicos y la posibilidad de vincularse a millones de páginas y contenidos, en la lectura que se realiza por medio de diferentes dispositivos electrónicos, generando ilimitadas posibilidades textuales simultáneas a través de la internet.

Desde el primer apartado o capítulo de su meditación, Gómez Martínez, intenta definir y resaltar (exaltar) la importancia cardinal del hipertexto, no únicamente como objeto de análisis sino como posibilidad “liberadora” del lector. El autor que le servirá como referencia permanente para fundar sus juicios y contrastarlos será George Landow.

Cuando arribamos al capítulo cuarto, los juicios del Sr. Gómez adquieren una solidez sospechosa. Las implicaciones de la aparición y uso del hipertexto han hecho obsoletos al libro y a la universidad.

El hipertexto surge en los primeros usos experimentales en Internet con un aura iconoclasta. No sólo se veía el hipertexto como una posible liberación de las reglas a las que la academia había sujetado el texto, sino también como un borrar la separación (distancia) entre el autor y el lector, sin mediación ahora del crítico. Desde ciertos sectores del mundo académico se veía, pues, que el texto, cimiento de su poder, se “convertía” en hipertexto y proclamaba su independencia.

El texto, esa noción que como categoría absoluta surge a partir de las teorías postestructuralistas –y que desarrollarían por defecto todas las innumerables tesis postmodernas--, es ahora, por obra y gracia del hipertexto en la era “antrópica”: neutro, insípido, decodificable y adaptable por un lector modelo, un lector que en nuestras sociedades de masas reconocemos en su casi totalidad como inculto, como un analfabeta funcional, algo que el Sr. Gómez Martínez no advierte. Desde los primeros capítulos se sugiere, y aquí se verifica una vez más, que es la función crítica sobre el texto, ejercida por el crítico profesional, por profesores o simplemente por lectores avezados, la que obstaculiza la relación “adánica” del lector con el texto, al imponer su intermediación fatigosa, sus interpretaciones “deformantes”. Ahora bien, la función crítica, independientemente de los cuestionamientos que uno pueda lanzar sobre su fuerza y legitimidad dentro de la Industria Cultural, constituye la única posibilidad de generar conocimiento. Conocer más que un acto de acumulación es un acto de exclusión, es separar lo valioso, siempre escaso, de lo que no lo es, usualmente bastante prolífico.     

Repitámoslo de nuevo. Comprender la naturaleza del hipertexto es tomar conciencia de que nos estamos moviendo hacia un nuevo paradigma. Lo que desde los discursos de la modernidad y posmodernidad nos puede parecer incomprensible, cuando no absurdo, encuentra su explicación y razón de ser desde el discurso antrópico. Es decir, lo que parece incongruente desde unos discursos que privilegian al autor o el texto, fluye natural desde la perspectiva del lector que se impone ahora con el nuevo paradigma.

Luis Gómez Martínez supone, desde una perspectiva ingenua y contradictoria, que la Historia se cumple como una sucesión de etapas de perfeccionamiento. Su teoría del hipertexto se funda menos en una reflexión juiciosa del concepto que en un afán por demostrar que a través de éste hemos por fin superado una Modernidad, que él sobreentiende como tiránica. Precisamente, cuando cree aniquilar la Modernidad en nombre, y esto es lo más desconcertante, ni siquiera de la Posmodernidad (aunque haga uso de sus clichés), sino de esa nueva época sui generis que él denomina “Antrópica”, se ata al supremo valor de esa Modernidad a la que llena de invectivas: la perfectibilidad del hombre y de la Historia.

El hipertexto con sus múltiples enlaces facilita, en cierto modo, que el lector abra su propio camino, de acuerdo a sus intereses, a sus intuiciones, a las asociaciones pertinentes a su propio devenir. Visto de este modo, el hipertexto es todo lo contrario de una “colección de fragmentos”, como se le caracteriza desde el discurso de la modernidad, pues las distintas lexías que sigue el lector se actualizan en él como unidad, como estructura. En cierto modo, como el lector adquiere una percepción de autonomía, al avanzar según una u otra opción, la estructura a seguir puede tener más sentido personal, que aquella tradicional que le imponía el libro impreso.

Llegamos entonces a la relatividad de todo valor, es decir, al texto “libérrimo”, libre de cualquier limitación o cauce de interpretación, algo que resulta verdaderamente preocupante cuando se piensa en el texto literario. El hipertexto es para Gómez Martínez una jerarquía en la que se diluyen todos los referentes, todos los intertextos que copulan en un mismo nivel. No obstante, sabemos que el lector, casi siempre, con grandes deficiencias de comprensión, es incapaz de organizar y ejercer un juicio crítico sobre lo que decodifica.

¿Cuáles son los privilegios que ofrece el hipertexto? Según el autor, la contextualización. Eso que un lector bien formado de la Modernidad (y épocas anteriores) iba alcanzando con curiosidad y esfuerzo crítico, queda reducido en la novísima época “antrópica” a un click. Sin embargo, y aquí está otro de los grandes peligros de las tesis del Sr. Gómez, no es preciso formar la capacidad de discernir entre una contextualización rigurosa, veraz y una contextualización espuria o deficiente. Se infiere de las tesis expuestas por Gómez Martínez que la formación de un lector (de un ciudadano) es un acto de despotismo pues implica señalar derroteros, enseñarlo en una tradición, en un canon que él entiende inicuo.

La lectura en función del autor comienza a ser relegada a sectores reaccionarios, o a tipos de lectura especializada. Afirmaciones como la ya citada de Brent (“Estamos acostumbrados a leer el texto impreso en su totalidad, [... ya que] sentimos miedo de perder algo importante, alguna parte del argumento que es clave para comprender el sentido del autor”), carecen ya de la validez con que las ofrecía el discurso de la modernidad. Ningún texto es completo y, a la vez, los procesos intertextuales de cualquier texto pueden iniciar secuencias mucho más interesantes e importantes para el lector que las contempladas en su momento por el autor.

Desde ahora y para siempre, en la época antrópica, la mediocridad y el tedio se convierten en la norma. El texto fragmentario, que sirvió a surrealistas y poetas que bebieron de las vanguardias  para representar una realidad que se desencajaba y ya no cabía en los moldes de la unidad de la novela realista o naturalista, tiene un efecto de tres bandas en el pequeño espíritu de sofista de circo del Sr. Gómez Martínez: no es necesario leer a Platón o a Faulkner, basta con un resumen de contraportada o, en el mejor de los casos, dos o tres páginas colmadas de hipervínculos para realizarse como ese nuevo y más completo lector, hijo de la “necesidad socio-cultural”.

Más adelante, Luis Gómez intenta matizar algunas de sus opiniones sin perder ni por un solo instante el aplomo y la fuerza de sus argumentos.

El hipertexto exige, además, otro nivel de participación que se mantenía atrofiado en el texto impreso. Me refiero a la necesidad de tener que juzgar en cada instante los méritos de un hipertexto determinado. Según se multiplican los autores (diariamente millones de nuevos textos en Internet), empezamos a adquirir un sentido de responsabilidad ante el hipertexto. No basta con que esté publicado para que la información merezca ser aceptada. Es decir, el hipertexto surge como necesidad socio-cultural de una nueva lectura y, a su vez, está forjando un nuevo tipo de lector.

Reconoce que es preciso que el lector discrimine la calidad de los hipervínculos, no obstante, su candidez le hace pensar que será el lector por sí mismo, autónomo, silvestre, quien podrá encargarse de esa formación sin guía alguna ¿Cómo se hará responsable un analfabeta funcional acostumbrado a complacerse con formas de entretenimiento pobrísimo, habituado a lo fácil, a lo inmediato, a lo divertido?  ¿Elegirá un libro de Proust por encima de la más reciente novela sobre sicarios?

El hipertexto es una forma actualizada por la técnica del intertexto. Las relaciones y contextualizaciones que el autor entiende por “revolucionarias” han estado presentes, no únicamente en las tradiciones de las grandes civilizaciones que desarrollaron una escritura, sino también en las culturas ágrafas. Existen relatos fundacionales con los que todo nuevo “texto” debe emparentarse para significarse a sí mismo dentro de una comunidad. Así es como si nos tomamos la molestia, por ejemplo, de revisar un poco de la literatura europea occidental, descubriremos que todo texto conserva una relación más o menos directa con La Biblia, La Iliada o La Odisea. Desde ahí, los intertextos se multiplican de manera exponencial, tal como lo cifró maravillosamente Borges en su relato “La biblioteca de Babel”.

Finalmente, aunque el hipertexto sí implica una transformación relativa de la manera como el texto se organiza y se ofrece al lector, alterando los hábitos y las maneras como éste decodifica y aprehende, los beneficios (así como la “revolución” sugerida por Gómez Martínez) son relativos. El texto no ha sido nunca un objeto neutro, existen condiciones de producción, distribución e intereses que afectan su contenido. El lector también es fruto de unas condiciones, económicas, culturales e históricas que modelan sus vocaciones y expectativas.

Podría erigirse una biblioteca pública en cada esquina y esto no elevaría de manera sustancial el número de lectores. La “alta cultura” ha sido siempre un bien de élite, no tanto por acceso a los libros, sino por el costo económico y las particularidades “socio-culturales” que implica la formación de lectores. Creer que un dispositivo con acceso a internet (con sus ilimitadas posibilidades “hipertextuales”) conduce necesariamente a crear hombres más “libres”, es tan ingenuo como la certeza de los filósofos del s. XVIII que aseveraban que la alfabetización universal iba a engendrar una humanidad verdaderamente “ciudadana”. 

  

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